domingo, 13 de enero de 2019

Los Nuevos Cultos a la Personalidad



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Con los hombres fuertes vuelve también el culto a la personalidad, aunque con características acordes al discurso antielitista hoy en boga. Ya no se erigen estatuas del líder por doquier, ni se le glorifica a la manera de Mao, Stalin, Hitler o Kim il Sung. Los tiranos de antaño se endiosaban, los hombres fuertes de hoy (respetuosos, aún, de los rituales electorales) procuran fusionarse con “Juan Pueblo”.

Los hombres fuertes ofrecen liderar un “renacimiento nacional” en sus respectivos países a través de la fuerza de su voluntad y de amar y comprender al pueblo como nadie porque ellos también son pueblo, de hecho aspiran a ser El Pueblo.

Putin proyecta una imagen viril de torso desnudo, pero dueño de un sentido del humor digno del mujik más soez, el cual es descrito por los lisonjeros como “lenguaje elocuente, cargado de giros idiomáticos populares y comparaciones agudas”.

Los aduladores del presidente turco Erdogan lo proclaman “nuevo padre de la patria”, pero uno salido del pueblo, sencillo y cercano a las tradiciones musulmanas.

En Hungría, jerarcas de la iglesia cristiana describe a Orban como  “un ciudadano convertido en líder enviado para crear un país de honestidad, decencia y destino”.

Trump representa al tipo listo, exitoso y carismático, pero cercano al pueblo, y eso le da una connotación a  su culto a la personalidad como legitimador de todos sus dislates. Incluso, su torcida forma de ser es exonerada por fundamentalistas de la derecha cristiana, quienes advierten “el plan genial de Dios de usar a un pecador estándar en la salvación de Estados Unidos”.   

Hugo Chávez procuró en vida ser producto del pueblo y su perfecto representante, aunque su culto se convirtió en adoración cuasi religiosa tras su muerte.

En Bolivia, el “Museo de la Revolución Democrática y Cultural” está dedicado a exaltar el humilde origen indígena de Evo Morales, y su modesta infancia es ilustrada en el bonito libro para niños “Las Aventuras de Evito”.
De maneras sigilosas, pero constantes, todo culto a la personalidad pasa de ser un sentimiento espontáneo a una política oficial legitimadora de regímenes autoritarios.

Las nuevas tecnologías y modernos conceptos mercadotécnicos se suman a las viejas prácticas de aduladores y sicofantes para servir a los propósitos de los gobernantes megalómanos.

Vivimos una época de culto al líder quien, en el fondo, “es como uno”:  hombres del pueblo hechos a sí mismos, personas sencillas para fascinar a la gente sencilla pero, de alguna manera, señalados por la providencia. Seduce el desparpajo de los nuevos hombres fuertes, sus incorrecciones políticas, su chabacanería. 

Así sucede con Putin, Orban, Erdogan, Chávez, Evo -entre otros- y así será con los que, tristemente, se acumulen a la lista a lo largo de nuestro atribulado mundo en el futuro cercano.


*Publicado en el diario ContraRéplica 26 de diciembre de 2018

Hombres Fuertes


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En todo el mundo decae la democracia representativa y tenemos a hombres fuertes en el gobierno de cada vez más naciones. A partir de finales de los años noventa resurgió con ímpetu el populismo latinoamericano con personajes como Hugo Chávez, Daniel Ortega, Evo Morales y Rafael Correa. Al comenzar el nuevo siglo aparecieron personajes como Vladimir Putin, Recep Tayyip Erdogan, Viktor Orban y Rodrigo Duterte. Todos fueron electos democráticamente en las urnas, pero han concentrado durante sus gobiernos un poder excesivo. 

Se ha inaugurado una etapa de incertidumbre global con un cambio de paradigma donde gobernantes con vocación personalista y talante autoritario se valen de los métodos de las democracias tradicionales y de los medios masivos de comunicación para llegar al poder y sostenerse indefinidamente en él. Si hasta el inicio del actual siglo liberalismo y democracia se habían sostenido como un binomio indisoluble, ahora vemos como se disgregan.

Tras la ola democratizadora que se experimentó tras la caída del muro de Berlín muchos pensaban que las dictaduras, los cultos a la personalidad y los “hombres fuertes” eran cosa del pasado. Pero contra los pronósticos de los más optimistas, el personalismo ha vuelto en iracunda vorágine. Casi siempre lo ha hecho con la pretensión de corregir graves desequilibrios sociales. Ante las transformaciones del mundo globalizado los ingresos y las perspectivas de futuro de la gente común se han estancado, si no es que reducido. 

La indignación cunde contra las elites y los “establishments”, pero también contra las instituciones de representación política.
Los hombres fuertes despiertan grandes ilusiones. Tienen en común la idea de que las cosas pueden cambiar a base de pura voluntad, por ello desprecian a las instituciones y no tardan en socavarlas. Convencidos de su capacidad única para canalizar las opiniones de la gente común, abuzan de las fobias nacionalistas, de la manipulación informativa y de la estrategia maniquea de culpar de todo mal a la oposición, a los inmigrantes, a los enemigos internos y externos y a todo tipo de apócrifos villanos.
El discurso de odio al que constantemente apelan los hombres fuertes se traduce en el aumento de la inestabilidad global y eso da lugar a una época cada vez más turbulenta. Son encantadores de serpientes, hábiles pescadores en ríos revueltos, pero también aprendices de brujo. 

Todo esto sucede, lamentablemente, con el acuerdo tácito de segmentos sociales que a lo largo del  planeta prefieren ver a dictadores en ciernes en el gobierno como una supuesta mejor opción frente al miedo, la desigualdad y la inseguridad. 

Cada vez más naciones se entregan al frenesí de líderes inspirados por visiones de un supuesto “destino supremo”, pero los problemas complejos de las sociedades modernas requieren para su solución mucho más que adalides providenciales.

*Publicado en el diario ContraRéplica, 12 de diciembre de 2018

lunes, 27 de agosto de 2018

miércoles, 15 de agosto de 2018

Algunas Reflexiones del Foro de Huasca: Resguardar la Pluralidad y Vigorizar los Canales de Representación Política




Nadie puede negar que, en principio, los resultados de las pasadas elecciones federales fueron un encomiable ejercicio democrático en el que se registró una alta y entusiasta participación de votantes y los organismos electorales trabajaron de manera muy satisfactoria. Sin embargo, en estos comicios se hizo evidente que el sistema de partido mexicano ha entrado en una profunda etapa de transformación de la cual puede derivar la entronización de un régimen político con características autoritarias. De no activarse, en el corto plazo, la participación de alternativas nuevas y genuinamente ciudadanas, en México podríamos ser testigos de la reimplantación del presidencialismo omnímodo y de la reincidencia de un sistema de partido dominante o hegemónico. Para evitarlo, urge aprobar reformas legislativas y alentar nuevos métodos e ideas para que nuestras formas de representación política no queden definitivamente rebasadas y sean sustituidas por un mayor personalismo en el ejercicio del poder.
Algunas ideas para el fortalecimiento de la representación política son:

Reducción sustantiva de las condiciones impuestas por la ley electoral actual a la participación de partidos y candidatos en las elecciones
México es el país del mundo que impone las condiciones más difíciles de cumplir a partidos y candidatos para participar en las elecciones. Por regla general, las democracias actuales establecen tamices distintos para permitir el concurso electoral de partidos y ciudadanos. Lo usual es la existencia de diferentes tamices para acceder a la representación parlamentaria, tener derecho al subsidio público y poder participar en los comicios, y éste último es, por lo general, el que exige los requisitos más asequibles, aunque no conllevan, como erróneamente sucede en México, automático acceso al financiamiento. La actual legislación es perversa, porque al obligar a la celebración de por lo menos 20 asambleas estatales o 200 distritales con al menos 3,000 participantes (para el primer caso) o 300 (para el segundo), desvirtúa la naturaleza ciudadana de los partidos en formación y entrega la posibilidad de participación exclusivamente a grupos corporativos e intereses económicos que son los capaces de efectuar este tipo de movilizaciones. Esta experiencia ha sido reiterada en la historia electoral reciente de nuestro país.

Disminución radical o incluso supresión del financiamiento público a los partidos políticos.  
El financiamiento público a los partidos, concebido, en principio, como una forma de fortalecer la democracia al tratar de evitar la dependencia de partidos a intereses privados e incluso a grupos criminales, se ha desvirtuado aceleradamente en México debido a sus elevados montos y su injustificable entrega a los partidos previo a la celebración de los comicios y no, como sucede en el resto del mundo, posterior a la elección, una vez que cada partido haya demostrado en las urnas su verdadera implantación y viabilidad. El dinero público ha coadyuvado al desprestigio del sistema de partidos, que son vistos como botín de personajes sin escrúpulos y “barriles sin fondo” de recursos que podrían ser más útiles en otros rubros. Una larga serie de escándalos y malversaciones han reforzado esta negativa imagen de los partidos, la cual estorba a la aparición de nuevas opciones.
Quizá, y para beneficio de la, democracia, haya llegado el momento de suprimir el financiamiento. Ante las actuales circunstancias, subsidiar con dinero del presupuesto gubernamental a los partidos daña a la democracia en lugar de protegerla. También es factible pensar en adoptar la práctica internacional de otorgar recursos únicamente a posteriori de la elección, en exclusiva a quienes rebasen cierto porcentaje en las urnas.

Reforma a las estructuras de organización interna de los partidos.
Otra causa de la evidente obsolescencia de muchos partidos son sus formas cerradas, verticales y centralizadas en su organización interna, procesos de toma de decisiones y postulación de candidatos. Estos rancios andamiajes se ven favorecidos, en México, por nuestra anacrónica ley de partidos. Urge incentivar la creación de organizaciones más ágiles, capaces de trabajar de manera más abierta y horizontal. El uso inteligente y eficaz de las nuevas tecnologías mucho puede aportar en este sentido, tal y como se ha visto en distintas experiencias en distintas partes del mundo. Cada vez son más los partidos que utilizan la herramienta del internet como base de su desarrollo. La influencia de estas tecnología en la comunicación y participación política permite una mayor interacción y comunicación entre ciudadanos, militantes de los partidos y candidatos.

Opciones políticas mejor definidas, sin llegar a ser dogmáticas o sobreideologizadas.
Contribuye al desprestigio de los partidos la creación de sobre expectativas en las campañas electorales, el pragmatismo excesivo, la trivialización de organizaciones dedicadas a asumir posturas, aceptar políticos y postular candidatos de manera indiscriminada y el abuso de discursos demagógicos o electoralistas, los cuales ofrecen de todo para todos de forma irresponsable y banal. Proliferan en esta época los llamados partidos “Atrapa Todo” (catch all parties), enemigos de los compromisos programáticos plausibles, de los principios básicos, de defender ideas y de todo aquello que pudiese comprometer su finalidad única y ambición exclusiva: alcanzar a todo trance el triunfo electoral. Sin regresar a la ultra ideologización ni tratar de promover dogmatismos obsoletos, es importante promover partidos capaces de presentar plataformas electorales con compromisos realizables y palmarios, basados en principios y valores primordiales, pero sin olvidar la creciente complejidad de las sociedades actuales, su pluralidad y la existencia de demandas sociales distintas y, muchas veces, contradictorias. También es obvia la necesidad de los partidos de colaborar entre sí y evitar las actitudes intransigentes o de trinchera. Sin embargo, el pragmatismo excesivo y la falta de compromisos transparentes con valores y principios básicos ha provocado en los partidos a una muy grave pérdida de identidad.

Defensa de la representación proporcional
Consecuencia del desprestigio de los partidos, muchas voces claman por la desaparición de la representación proporcional. Se trata de un error de proporciones mayúsculas. Atenta contra la pluralidad al convertir la representación política en monopolio de unas pocas organizaciones. La representación proporcional fue concebida para defender los derechos de las minorías y evitar lo que algunos analistas han bautizado como “la democracia como la dictadura de la mayoría”. Mantener la presencia de las minorías en las cámaras legislativas es esencial para impedir la vuelta de un sistema de partido hegemónico en México. Sin representación proporcional se da lugar justo a lo que hoy tanto se deplora: un sistema de partidos cerrado, con barreras casi infranqueables y segregadoras de las minorías. Se reduce, así, las posibilidades de participación ciudadana y se aniquilan las opiniones, matices y críticas que las minorías pueden aportar al debate parlamentario. Contar solo con la mayoría relativa es depender de una representación defectuosa y fragmentaria, pues amplios núcleos ciudadanos no serían representados en sus intereses y opiniones y, con ello, se perjudica la estabilidad política.

Legislar responsablemente sobre referéndum y democracia directa.
Hoy también se fortalece la tendencia a adoptar mecanismos de democracia directa, tales como el referéndum, el plebiscito y “consultas populares”, con el argumento de que, al ser los partidos tradicionales obsoletos, la mejor forma de democracia es preguntar directamente a los ciudadanos sobre todo tipo de materias. Es verdad que etas fórmulas son útiles, pero solo si se observan como complementarios a la democracia representativa y se apela a ellos de forma excepcional y no como práctica cotidiana. Es una quimera presentarlos como la democracia “en su forma más pura”, porque si se abusa se distorsiona la democracia en vez de reforzarla por depender de factores demasiado volátiles y coyunturales, y por ser ejercicios donde los votantes deben tomar sus decisiones complejas con poca información. Lejos de ser “democráticos” o “ciudadanos”, los referéndums son susceptibles a ser manipulados por políticos expertos en operar mensajes directos y simplistas. Por eso es un sofisma eso de que cualquier decisión mayoritaria tomada al calor de una determinada coyuntura necesariamente es “democrática”. Más bien es una perversión de la democracia y, lamentablemente, en una época en la que la credibilidad de los partidos y otros mecanismos de representación va a la deriva esta lección es muy difícil de entender. Asimismo, no debe olvidarse que los referéndums han sido históricamente recursos de gobiernos autoritarios en su afán de esquivar a los órganos de representación política en sus afanes de perpetuarse en el poder.

Volver a considerar a los votos anulados de manera explícita dentro de la votación nacional válida.
El descontento ciudadano de los partidos se ha manifestado en varias ocasiones en México y otras naciones mediante campañas de “voto nulo”, la cuales invitan a los ciudadanos a manifestar su insatisfacción con los sistemas de representación vigente de manera activa al asistir a la urna para anular el voto de manera explícita. Esta práctica es absolutamente legítima. Debe ser preservado el derecho de los ciudadanos no solo a no votar por los partidos existentes, sino a manifestar ese descontento de manera patente y que esa expresión tenga validez legal. En México una decisión arbitraria, y muy probablemente anticonstitucional, tomada por los partidos políticos hizo que los votos nulos dejaran de ser considerados como parte de la votación nacional válida. De esta forma, los votos nulos no cuentan para efecto de los cálculos que la autoridad electoral hace para lo conducente al mantenimiento del registro de los partidos y la repartición de las prerrogativas de ley. Es imprescindible y de elemental justicia que los votos invalidados de manera explícita por los electores inconformes con el sistema de partidos vuelvan a ser considerados como parte de la votación nacional valida. Se trata no solo de respetar un derecho, sino también de informar cual es el tamaño del número de electores que no están conformes con los partidos y organizaciones que participan en la lid electoral.

miércoles, 27 de junio de 2018

Elecciones en México 2018: El Canto de la Sirena

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No votaré por el Peje. 
Tirios y troyanos reconocen en Andrés Manuel su admirable tenacidad y su vocación en favor de los pobres. En un país como México que presenta una lacerante situación social marcada por la discriminación, el clasismo, la desigualdad y los enconos, ¡por supuesto que se antoja un gobierno que procurase mayor cohesión y justicia social! Pero AMLO presenta demasiados y muy preocupantes signos autoritarios y su propuesta de gobierno es errática o, de plano, bastante endeble. Su discurso confrontacionista es aberrante. Muchos de quienes le rodean son corruptos impresentables (cuya venalidad acepta e incluso defiende de buen grado), sicofantes desvergonzados o, de plano, delincuentes impunes. Cierto que él no inventó la polarización, pero la explota como arma para llegar al poder y tolera la intolerancia y agresividad de sus seguidores más fanatizados. Su voluntarismo desmedido llega al absurdo. Sus planes de gobierno, demasiado dependientes del presupuesto gubernamental, son impracticables en un país con finanzas públicas tan reducidas. Su desinterés por lo que sucede en el mundo es inaceptable en un gobernante del siglo XXI. Su alianza con quienes atentan contra el Estado laico, intransitable.

En ninguna parte se le encuentra una visión estratégica de largo plazo: todo es buena fe, trabajar muy duro, suponer que “basta con el ejemplo”, intuición, apelar al “México profundo”, añorar un mítico pasado, exponer un nacionalismo chato y pueril producto de sus lecturas del libro de texto gratuito. Solo es un priísta de viejo cuño que aspira volver a entronizar en México la hegemonía de un partido pseudo popular cuyo ideario consiste en mantener el poder a cualquier costa prohijando la corrupción y limitando a las instituciones ciudadanas. Cierto, es un político de instinto, su gobierno en la CDMX fue aceptable, y millones de mexicanos votarán por él con la esperanza de dar un viraje histórico, una sacudida que, por lo menos, ponga fin a un status quo que consideran insostenible. Eso es perfectamente comprensible y respetable, pero AMLO da muestras claras de que se tenacidad se puede convertir en obcecación y soberbia en el gobierno, y su talante mesiánico en un riesgo de autoritarismo demasiado ingente.

Nadie niega el liderazgo de AMLO, y por supuesto que llegará al poder embestido de una enormemente legitimidad, un”bono” democrático incluso mayor al que tuvo ( y desperdició) Fox. Por supuesto, cabe la posibilidad de que los críticos estemos equivocados y que el Peje aproveche esta legitimidad para gobernar con prudencia y sabiduría, iniciar la reconstrucción de nuestras instituciones, combatir (de verdad) la corrupción y el despilfarro, replantear las políticas sociales y buscar nuevas soluciones a los temas de seguridad. Ojalá sea así. Pero, repito, preocupa el talante y discurso milenarista del líder, el exceso de voluntarismo y su afición confrontacionista.

Su “movimiento más grande del mundo”, su “cuarta transformación”, su obsesión por “hacer historia” desde una limitada óptica maniquea exhiben una preocupante megalomanía. Su descalificación constante a las instituciones y personas muestran una inquietante intolerancia. Su estilo de dirigir a Morena es prueba tanto de vocación autoritaria como de añoranza por los viejos usos de priismo tradicional: acarreo, verticalidad en la toma de decisiones, personalismo presidencialista, clientelismo y, sí, tolerancia a la corrupción. No tenemos muchos elementos para confiar en él más allá de los buenos deseos y del “no podemos estar peor”. Y un gobernante obnubilado por sus obsesiones, rodeado de sicofantes e impreparado para ejercer el poder puede resultar apocalíptico.
Muchos de ustedes, queridos amigos, votarán por este señor con la idea de que “harán historia”, y se les respeta, pero yo pienso que optar por el Peje es asomarse al abismo. De lo sublime al ridículo hay solo un paso. Y sí, cualquiera de las otras dos muy precarias opciones sería un mal menor.

¡Cuidado con los supuestos “llamados de la Historia”! Suelen ser peores que los cantos de sirena.

domingo, 13 de mayo de 2018

Los Nuevos Cultos a la Personalidad

Los Nuevos Cultos a la Personalidad


El secreto del demagogo exitoso es parecer tan estúpido
como lo sean sus partidarios para hacerles 
creer a éstos que son tan inteligentes como él.
Karl Kraus

El culto al líder vuelve a la escena de la política internacional en pleno siglo XXI de la mano de una grotesca generación de “hombres fuertes” que ofrece liderar un “renacimiento nacional” en sus respectivos países a través de la fuerza de su personalidad y de su voluntad de ignorar las pretendidas “argucias” y “sofismas” de la democracia liberal. Estos personajes llegaron en una primera oleada desde finales de los años noventa con el auge del neopopulismo en América Latina. El populismo siempre ha precisado de “hombres fuertes” en su lógica de sempiterna confrontación política y aplicación de estilos autoritarios, por eso el culto a la personalidad es uno de sus elementos consustanciales. Líderes como Chávez, Morales y Correa han legitimado sus gobiernos por la vía de las urnas en reiteradas ocasiones, pero siempre con todos los recursos estatales a su favor y en detrimento de la equidad en las condiciones de una competencia genuinamente justa. Aceitadas e invencibles maquinarias electorales sustentadas en poderosas redes clientelares han estado detrás de sus constantes reelecciones, mientras que someten a múltiples ataques a las instituciones democráticas tradicionales, ejercen arbitrariamente el poder, abusan de un discurso autoritario contrario al pluralismo y personalizan la política. El líder está por encima de las reglas, por lo que no necesita preocuparse por el Estado de derecho ni por las instituciones. 

Penetrante en el caso de los neopopulismos ha sido el culto a Hugo Chávez, el cual desde el principio de su régimen fue vigoroso, pero que se convirtió en adoración cuasi religiosa durante la enfermedad terminal del comandante y se intensificó tras su muerte. “Chávez nuestro que estás en el cielo, en la tierra, en el mar y en nosotros los delegados, santificado sea tu nombre, venga a nosotros tu legado para llevarlos a los pueblos, danos hoy tu luz para que nos guíe todos los días y no nos dejes caer en la tentación del capitalismo más líbranos de la maldad, oligarquía y el delito del contrabando, por los siglos de los siglos.", así ruega el irrisorio padrenuestro que rezan los miembros del partido oficial venezolano (el PSUV) antes de cada uno de sus congresos. El natalicio y su muerte del adalid bolivariano ya están incluidos en las efemérides escolares. El famoso “Libro Azul”, compendio de los más profundos pensamientos del líder, es oficialmente descrito como ““un legado hecho Patria”, y  difundido entre la población para que los venezolanos aprendan de este “crisol de un pensamiento propio, surgido de una disyuntiva existencial auténtica en su venezolanidad, donde irrumpieron las ideas que llevaron adelante el Proyecto Bolivariano, ahora plasmadas en el eterno presente sobre las páginas de un texto vital para el futuro del proceso revolucionario”. Ya del famoso pajarito de Nicolás Maduro, ni hablamos.

El resto de los neopupulistas latinoamericanos han sido más recatados, pero no dejan de tener bien puesto su corazoncito megalómano. Evo Morales inauguró a principios de 2017 en su remota aldea natal de Orinoca un museo dedicado a glorificar la historia de su vida que le costó al erario público 7.1 millones de dólares. Se trata de un edificio de estilo muy avant garde que se llama Museo de la Revolución Democrática y Cultural y entre otras bellezas exhibe una estatua de tamaño natural de Morales, retratos del presidente con líderes mundiales, doctorados honoris causa con los que el caudillo ha sido distinguido por varias universidades, y bonitos recuerdos de su niñez como camisetitas de futbol, trompos y trompetas. No solo eso, el Ministerio de Comunicaciones de Bolivia publicó un libro de poemas dedicados al presidente escrito por estudiantes y sus maestros de las escuelas públicas que lleva por título “El Proceso de Cambio en Verso”. Otra publicación gubernamental es un libro ilustrado para niños titulado “Las Aventuras de Evito” que incluye bellos cuentos como “Evito va a la Escuela” y “Evito Juega al Fútbol”. En Argentina, Cristina Kirchner rebautizó con el nombre de su difunto esposo, Néstor, numerosas calles, escuelas, hospitales, clubes, gasoductos, represas, un aeródromo y hasta un campeonato de fútbol. También inauguró en Buenos Aires, poco antes de terminar su catastrófica presidencia, el monumental, costoso y polémico Centro Cultural Kirchner. Presupuestado originalmente en 900 millones de pesos argentinos, costó a fin de cuentas la friolerita de 2,300 millones, más otros 1,500 millones en partidas presupuestarias adicionales. Todo un arquetipo de corrupción y culto a la personalidad.

Hoy el populismo en América del Sur parece declinar, pero nuevos cultos a la personalidad van al alza en múltiples naciones alrededor del orbe, incluidos países con una supuestamente enraizada tradición democrática como lo es, quien lo dijera, Estados Unidos. Las nuevas tecnologías y conceptos mercadotécnicos propios del siglo XXI sirven a los propósitos de los gobernantes megalómanos en sus afanes de autoelogio permanente. El auge de Donald Trump debe mucho al internet. Otros métodos de la cultura trendy del siglo XXI, combinados desde luego, con las farsas habituales, están presentes en el ascenso de hombres fuertes en lugares como Rusia, Turquía, Polonia, China, Egipto, Filipinas, Hungría y los que vayan, tristemente, acumulándose en el futuro cercano. Políticos con instintos y propuestas claramente autoritarias, discriminatorias, xenófobas y ultranacionalistas llegan al poder por la vía electoral en cada vez más países. Los medios de comunicación mucho ayudan a construir un culto a la personalidad basado en la difusión de la supuesta fortaleza, patriotismo y determinación de los nuevos liderazgos. Como siempre, se urde la necesidad de tener un “hombre fuerte” en el gobierno alrededor de las inseguridades, miedos y frustraciones de los ciudadanos.

Con la promesa de frenar el declive nacional y adoptar una mano dura contra los delincuentes e inmigrantes se han consolidado en el poder personajes como Vladimir Putin, en Rusia; Recep Tayyip Erdogan, en Turquía, Rodrigo Duterte en Filipinas y Viktor Orban, en Hungría. Algunos de estas tesis coadyuvan también en el ascenso electoral de Donald Trump en Estados Unidos, de Geert Wilders en Holanda, Marine Le Pen en Francia y el italiano Movimiento Cinco Estrellas en Italia. Tienen en común denominador ser sumamente astutos y abiertamente descarados en métodos que desafían todos los principios del pluralismo y la tolerancia. Los nuevos “hombres fuertes” dejaron de ser tiranos implacables. No precisan de hacer fraude en las urnas, no necesariamente se deshacen de todos los críticos molestos, no inauguran Gulags o campos de concentración. Los autócratas actuales son mucho más pulcros y, salvo los populistas latinoamericanos, careen de una genuina agenda ideológica. Además, suelen mantener altos sus niveles de popularidad por mucho tiempo, por difícil que parezca aceptarlo.

A lo que si recurren es al culto a la personalidad, pero con nuevas fórmulas combinadas a las tradicionales. Ya no se erigen estatuas del líder por doquier, ni se endiosa al jefe a la manera de Mao, Stalin o Kim il Sung. Tampoco ala reverencia constante a un pretendido “adalid providencial” dueño de cualidades sobrehumanas (salvo en el caso del culto a Chávez o Kim Jong Un). En Rusia, por ejemplo, Putin proyecta la imagen viril de alguien que a diario se ejercita intensamente levantando pesas, corriendo a campo traviesa y montado a caballo con el torso desnudo. Igual acaricia tigres siberianos que viaja en una Harley Davidson, nada en las frías aguas del río Obi que bucea en el Mar Negro. Ostenta cinturón negro en judo e incluso circula por toda Rusia un DVD en el que el dinámico presidente explica los movimientos y trucos más importantes de este deporte.  También ama el hockey hielo. Todos los años participa en algún partido benéfico en los que siempre gana su equipo y él, invariablemente, termina como máximo anotador.

Abunda el merchandising con la imagen del jefazo del Kremlin. Las camisetas son, quizá, el producto estrella. Hay algunas verdaderamente adorables: Putin piloteando un avión supersónico, Putin otro cabalgando un oso en Siberia a pecho descubierto, Putin judoka pateando al ex presidente Obama, Putin cazando tigres. Además, hay tazas, fundas para celular, tazas, fragancias para hombre, llaveros, etc. También hay un libro con la recopilación de frases célebres del nuevo Zar. “Putin es un profeta. Todo lo que ha dicho se ha cumplido. Si todos los países le hubieran hecho caso, nos habríamos evitado muchas tragedias, como varias guerras y la llegada de cientos de miles de refugiados a Europa”, asegura su autor, Antón Volodin. “Palabras que cambian el mundo” se llama la magna obra, la cual fue entregada como regalo a todos los altos cargos de la administración y la política junto con una carta que explica la importancia de conocer tan profundo pensamiento “indispensable para entender los principios que rigen la defensa de los intereses nacionales.
El sitio web Sputnik, uno de los más cercanos al gobierno ruso, dice que el presidente de Rusia “es conocido por emplear un lenguaje elocuente, cargado de giros idiomáticos y comparaciones agudas, así como con un toque humorístico cuando resulta oportuno”, pero la verdad es que el ex agente de la KGB más bien es famoso por ocurrencias soeces, bromas burdas, y frases malsonantes. Cosas como "Se lo sacaron todo de la nariz y lo untaron en sus periódicos" [tras ser interrogado por la prensa británica sobre su supuesta corrupción], "Transmitan mis saludos a su presidente. ¡Vaya macho! Violar a una decena de mujeres.” [sobre el presidente de Israel, Moshe Katsav, que fue acusado de violación y acoso]. "Perseguiremos a los terroristas por todas partes. Si los encontramos en el baño, los aniquilaremos en el escusado" [declarado 1999 durante las cruentas operaciones militares en Chechenia]. Cosas de este tenor son las comunes en boca de Putin. La última, famosa, fue el halago que hizo a las prostitutas rusas cuando se rumoró de que los servicios secretos rusos tenían grabado a Trump durante alguna orgia. Pero esto del lenguaje soez es toda una novedad, sirve a los “hombres fuertes” para humanizarlos y hacerlos más cercanos a sus electores. Los tiranos de antaño se endiosaban, los autoritarios de hoy-respetuosos, aún, de los rituales electorales- se fusionan con “Juan Pueblo”.

Culto a la personalidad y vuelta al autoritarismo también en un país estratégicamente clave, puente entre Europa y Asia: Turquía, que hace apenas poco más de un lustro parecía enfilarse resuelta al camino de la apertura política para convertirse, pronto, en la primera nación de mayoría musulmana plenamente democrática. Ya no es así. El Recep Tayyip Erdogan ha abandonado la democracia y erige un culto a la personalidad, práctica de la que en existe en Turquía una firme tradición desde el Imperio Otomano hasta Ataturk. La imagen del presidente abunda cada vez más en retratos, carteles, cintas sobre la cabeza y camisetas. El presidente se presenta como un nuevo padre de la patria, un nuevo Ataturk, pero no laico como éste, sino cercano a las tradiciones musulmanas. El culto a Erdogan se basa no solo en la exaltación de su persona, sino en la glorificación del Imperio Otomano, del cual había abjurado Ataturk. Su pasión por el otomanismo de quien ya es apodado como “El Sultán” va de la mano de su afán autocrático. Así se percibió, por ejemplo, con los magalomaniacos fastos que conmemoraron en mayo de 2016 el 563º aniversario de la conquista otomana de Constantinopla. La propaganda anunciando el acto fue intensamente difundida e ilustrada con una fotografía de Erdogan. Fue una conmemoración con evocaciones norcoreanas: un millón de asistentes, multitudinario espectáculo de luz y sonido sobre el escenario, aviones de caza pintando el cielo de los colores nacionales, canto de himnos y cientos de actores representando a jenizaros.

Se ha puesto de moda entre los simpatizantes de Erdogan dejarse el bigotito a medio rasurar y contar en el armario con alguna chamarra gris a cuadros, al estilo de la que el presidente luce en sus momentos triunfales. Otro ejemplo de una forma de culto al líder que en el fondo “es como uno”. En la calle le gritan “Adam Izindeyiz” (seguimos al hombre), en contraposición de la consigna “Atam Izindeyiz” (seguimos a nuestro padre) que se utilizaba para adular a Ataturk. Este dirigente nació en un barrio humilde y de niño fue vendedor callejero, por eso explota de forma tan eficaz la imagen de “hombre del pueblo” hecho a sí mismo que tanto fascina a la gente sencilla.

Y elementos de este nuevo estilo de culto a la personalidad que explota la imagen de “hombre del pueblo” los tenemos, por supuesto, presentes en México con Andrés Manuel López Obrador, líder de un muy personalizado partido político (Morena), quien siempre ha apelado a un discurso abiertamente voluntarista y mesiánico.
Andrés Manuel tiene la característica de proyectar la imagen de ser un hombre de pueblo, pero también el de un predicador tenaz.  Esto de poseer cualidades de predicador mucho ha estado presente en el culto a la personalidad de caudillos que protagonizaron la independencia de naciones del llamado Tercer Mundo durante el proceso de descolonización: Nkrumah, Touré, Sukarno, Nasser. Todos estos dirigentes estaban obsesionados con su paso a la “Historia” (todo buen político megalómano padece esta manía), pero también con la educación del pueblo y con guiar a la gente en los terrenos no solo políticos, sino también en los morales y personales. En México, AMLO se autodenomina “líder del movimiento más grande del mundo” y en varios textos hace iluminadas aseveraciones como que su papel es el de “construir una fraternidad universal, más humana y espiritual con todos los pueblos del mundo”, y que de lo que se trata es de edificar “aquí en la tierra, el reino de la justicia y de la fraternidad universal”, para poder vivir sin “pobreza, miedos, temores, discriminación y racismo en todo el mundo.” En su prédica no duda pontificar cosas como “nada ni nadie podrán impedir que triunfe la causa de la justicia y de la fraternidad universal.”

Culto al Peje a base de un intransigente voluntarismo: "Venceré a la corrupción sólo con mi ejemplo", "Resolveré los problemas trabajando 18 horas diarias", Haré de 6 años 12", todo a fuerza de voluntad, de buena de fe, de echarle ganas. Desde luego, para que el culto al líder cuaje, son necesarios los fervorosos creyentes, millones de ellos, que creen a pie juntillas un proyecto de gobierno de “República Amorosa”. AMLO, político de gran instinto, sabe que un buen jefe conoce las necesidades de sus seguidores, y entiende que en buena parte de la sociedad mexicana hay una tremenda necesidad de creer en “alguien”, más que en “algo”. Y esta necesidad de creer en un mesías hace que la gente perdone la falta de solidez en las ideas y propuestas. Haga lo que haga, diga lo que diga, el Peje está envuelto de infalibilidad donde sus seguidores nada se le cuestionan. Toda aberración se justifica, toda ocurrencia es racionalizada, porque lo importante es la prédica amorosa de salvación del mundo, no las “políticas públicas”. ¿A quién le importa cómo reformar la economía, transformar las instituciones o enfrentar con realismo los retos del mundo actual? Lo importante es personificar la esperanza y señalar al mal con una narrativa de fraudes, mafias del poder, fifís y pirruris. Así, la predica se convierte en una fábrica de ocurrencias. El líder promete y promete, pontifica, denuncia al mal con dedo flamígero. No importa que sus alegatos mesiánicos nos conduzcan a ninguna parte, él hará de México a fuerza de voluntad y buen ejemplo en una Arcadia feliz donde no exista más violencia, pobreza y carestías.

La idolatría al líder es quientaescencial para que la fórmula populista “funcione.” Como el pueblo y su líder son la misma cosa para el populismo y sus derivaciones, el líder hace lo que el pueblo quiere y el pueblo se lo cree a pies juntillas. No hay más ley que la del pueblo y, por lo tanto, puede cambiarla o violarla cuantas veces se le ocurra, porque lo hace por deseo o pedido del pueblo. Únicamente el pueblo es dueño de la verdad, por eso el líder es estridente, monopoliza la palabra y anula toda posibilidad de disidencia. De esta manera el líder se transforma en el pueblo, de ahí que deba sacralizársele, ya que nada es más sagrado que El Pueblo.

En esto consiste el liderazgo de quien muy probablemente sea presidente a partir de diciembre de 2018: un líder de culto al que le obstaculiza los mecanismos de democracia representativa, vilifica a los medios críticos, insulta a sus oponentes, carece de una plataforma realista y sustentable pero, eso sí devolverá el poder al pueblo, entelequia que el quiere personificar, como el buen populista que es, gracias a la inmarcesible integridad moral que le atribuyen sus fieles y a pesar de su indigencia intelectual.




EL Faro


El sistema de partidos mexicano quedará extremadamente maltrecho después de la elección de este año. Con la muy probable entronización de un Caudillo al frente del Poder Ejecutivo, el PRI y el PRD al borde del desahucio y el PAN seriamente afectado por las maniobras de Anaya, la tarea que urge es trabajar en la resurrección de un sistema de partidos como condición sine qua non para la supervivencia de la democracia. Amenaza nuestro futuro la asunción de un autoritarismo personalista y la sustitución  de las instituciones de representación política por la aparición de caudillos electorales dedicados a la descarnada lucha por el poder. 

Cierto que los partidos e ideologías tradicionales atraviesan una severa crisis de proporciones históricas, pero es posible empezar a trabajar en opciones más modernas, laxas, horizontales, flexibles y descentralizadas que estén a tono con los desafíos del siglo XXI. De la revitalización de los partidos mediante modernas y efectivas formas de representacion política dependerá el futuro de nuestras libertades. 

Ya viene El Faro. Estén pendientes

Cinco Estrellas: nuevo partido, viejas ideas



El Movimiento Cinco Estrellas está a punto de hacerse del poder en Italia. Producto del descontento y el hastío en contra “Establishment” político, está organización está a punto de formar gobierno con La Liga, impresentable organización de derecha antiinmigracionista y antieuropa. Cinco Estrellas, un partido joven, conformado en 2010 y que, con un discurso antisistema, se ha abierto un espacio político en un país que por más de veinte años estuvo dividido entre la izquierda y la derecha. Lo ha hecho sin enarbolar ideologías o convicciones políticas claras, pero con formas de organización completamente novedosas: se trata de el primer gran experimento exitoso de la política digital en el mundo, sin dirigencias centrales, sin subsidio público y los candidatos son electos vía internet de manera abierta. Su origen es el blog del comediante Beppe Grillo, estrella de televisión y activista social.
En 2007 Grillo convocó a través de su blog a miles de personas en la Plaza Mayor de Bolonia, en una iniciativa popular de recogida de firmas para prohibir que llegaran al Parlamento políticos condenados judicialmente. La movilización fue el embrión del que dos años después se convertiría en el Movimiento Cinco Estrellas, el “no partido” de los indignados italianos. En este sentido, su contribución política fue absolutamente positiva, ya que dio visibilidad con formas novedosas a un sentimiento generalizado que se palpa en Italia contra la corrupción e ineficacia de los partidos tradicionales.

Pero en 2013 el M5E dejó de ser un mero experimento y se consolidó como un actor político importante. En las elecciones parlamentarias de ese año, y a pesar de que no tenían candidato y sus propuestas apenas iban más allá de la protesta, obtuvieron la mayoría del voto, superando a to dos partidos tradicionales. Hoy cuentan con 45 alcaldías, 15 parlamentarios europeos, 92 diputados, 36 senadores y casi dos mil concejales. Los problemas que implica la responsabilidad del poder no tardaron en aparecer. En 2016, el amplio triunfo de Virginia Raggi a la alcaldía de Roma despertó amplió interés. Sin embargo, la gestión de esta joven “antipolítica” ha sido un desastre. Lo mismo puede decirse de alcaldes de este partido en ciudades más pequeñas. Asimismo, la labor de muchos de sus legisladores ha dejado mucho que desear, incluso en los terrenos del manejo honesto de recursos. Sin embargo, el movimiento mantuvo su auge y en los comicios parlamentarios de este año obtuvo el triunfo, aunque sin mayoría absoluta. Se dice que este éxito de Cinco Estrellas reside precisamente en su inexperiencia. Muchos votantes italianos han optado por darle una oportunidad , pues aunque no se sabe si son capaces de gobernar, prefieren eso a entregarles el poder a los políticos de siempre. ¿Dónde hemos oído eso? 

Hoy  M5E está a punto de gobernar con una ambigua plataforma que combina posturas populistas  de derecha e izquierda por igual, representado en el parlamento por legisladores sin mayor formación política ni experiencia, con el joven Luigi di Maio, de 31 años, como líder y muy probable próximo primen ministro y aliados a la extrema derecha que representa La Liga. 

¿Qué experiencia puede dejar M5E a la construcción de partido políticos en el siglo XXI? Quizá mucho en los terrenos de organización laxa, elección de candidatos y obtención libre de recursos, pero creo que también nos enseña la importancia de mantener bases ideológicas y rasgos identitarios comunes. 


miércoles, 11 de abril de 2018

Socialdemocracia y Populismo en el Final de los Tiempos*




 La importancia de la socialdemocracia como una de las grandes tendencias del pensamiento político universal es incuestionable. Mucho contribuyó el siglo pasado en la lucha por el bienestar de la humanidad al constituirse en una alternativa progresista empeñada en conciliar el respeto irrestricto a las libertades individuales y los derechos humanos con la justicia social y el equilibrio económico. Sin embargo, hoy atraviesa por una ingente crisis que para muchos incluso es terminal. En lo que llevamos del siglo XXI se ha producido un creciente declive del modelo socialdemócrata y aunque aún no es un desastre total, si se trata de una decadencia constante y pronunciada. La socialdemocracia había terminado el siglo XX con pronósticos muy optimistas, pero ahora su proyecto ha perdido el rumbo y no existen indicios sólidos de que sea capaz de enfrentar con lucidez los retos de los años por venir. La característica más grave de esta crisis es su casi completa “pérdida de identidad” como una opción política plausible, lo que ha llevado a algunos de los nuevos dirigentes de los partidos socialdemócratas a procurar un “regreso a los orígenes” y reinstaurar los programas, discursos e identidades que caracterizaron a la socialdemocracia durante los años setenta e incluso antes. Este es el caso, por ejemplo, de Jeremy Corbyn en el Partido Laborista Reino Unido, Pedro Sánchez en PSOE español, Benoit Hamon en el Partido Socialista Francés, entre varios más. En otros casos, los socialdemócratas asisten desconcertados e incrédulos al surgimiento de un izquierdismo populista que, en buena medida, enarbola sus banderas tradicionales y les roba segmentos cada vez más grandes del electorado de izquierda, sobre todo el juvenil. Este es el caso de Podemos en España, Syriza en Grecia y La Francia Insumisa, por citar los casos europeos más conspicuos, mientras que en América Latina un poderoso resurgimiento del populismo en personajes como Chávez y su sucesor Maduro, Los Kirchner, Rafael Correa, Evo Morales y otros más han eclipsado los intentos -muchas veces tímidos- de hacer crecer y consolidar alternativas de izquierda moderada. Un caso similar sucede en México, donde Andrés López Obrador y la opción partidista que encabeza (Morena) monopolizan el panorama político de la izquierda, mientas que el PRD, opción que intentó ser “socialdemócrata” de una forma bastante fragmentaria y torpe, se hunde en el fango.

Incluso mucho del electorado socialdemócrata tradicional ha desertado para favorecer a opciones populistas de extrema derecha, como quedó claro en el voto del Brexit de 2016, las elecciones francesas y neerlandesas de 2017 e incluso en las presidenciales norteamericanas de 2016. En todos estos casos regiones industriales que tradicionalmente simpatizaban con la centroizquierda, pero que han sido particularmente castigadas por la globalización, optaron por cambiar su voto en favor del populismo de derecha. Obviamente, esta pérdida de popularidad también ha afectado a los partidos de centro derecha, pero de una manera menos acentuada. Los grandes efectos de la crisis económica que estalló en 2007 han dañado mucho más en las urnas a la socialdemocracia que a las opciones conservadoras, es cierto, pero también lo es que en la actualidad es toda la democracia representativa la que está en un gran dilema. Por ello han aparecido “hombres fuertes” en el gobierno de cada vez más naciones. Al comenzar el nuevo siglo fue electo presidente ruso Vladimir Putin, quien se ha consolidado de forma descomunal en el poder a lo largo de los últimos 15 años. El presidente turco Recep Tayyip Erdogan, el primer ministro húngaro Viktor Orban, el premier de la India Narendra Modi y el mandatario Filipino Rodrigo Duterte también fueron electos democráticamente en las urnas. Lo mismo sucedió con Chávez/Maduro, Corea, Morales y Ortega en Latinoamérica. Todos estos personajes han concentrado tanto poder en sus manos que sus naciones poco se parecen ya a lo que entendemos como una democracia liberal. Prolifera lo que el politólogo norteamericano Fareed Zakaria describió como “democracias iliberales”, es decir: “Regímenes elegidos democráticamente, especialmente aquellos reelectos o reafirmados mediante referendos, irrespetan de manera rutinaria los límites constitucionales y despojan a sus ciudadanos de sus derechos básicos y sus libertades primordiales”. Incluso en China, un sistema tradicionalmente autoritario pero que desde hace tiempo enfatiza el liderazgo colectivo, los medios de comunicación han calificado al presidente Xi Jinping de "Presidente de Todo", como reflejo de la cantidad de poder que ha acumulado, la mayor que cualquier líder chino desde Mao Zedong. 

La tendencia al personalismo tuvo en 2016 un impulso inusitado con la elección como presidente de Estados Unidos de Donald Trump, la cual ha inaugurado una etapa de incertidumbre global, de hecho, un todo un cambio de paradigma instalado como una especie de “Caja de Pandora”. Dueño de un estilo marcadamente personalista, Trump dice detestar a los políticos, personificar “al pueblo” y ser el único capaz de resolver, él solo, todos los problemas de Estados Unidos (I alone can fix it). Triunfó utilizando los estilos y retóricas características de los caudillos latinoamericanos, lo que refleja una profunda fractura social en la otrora principal democracia del mundo. Polarización y desencanto como movilizadores para un gobierno que llega con una “identidad antisistema” y no tiene muy en claro con cuales valores y formas cobrará cuerpo, pero abiertamente gira alrededor del voluntarismo del líder.

Evidentemente, los regímenes personalistas están muy lejos de ser un fenómeno nuevo. Al contrario, han sido la norma durante gran parte de la historia desde los faraones de Egipto hasta los dictadores del siglo XX. Pero tras la ola democratizadora que experimentó el mundo tras la caída del muro de Berlín muchos pensaban que las dictaduras, los cultos a la personalidad y los “hombres fuertes” eran cosa del pasado. Contra los pronósticos de los más optimistas, el personalismo ha vuelto en iracunda vorágine al inicio de este siglo XXI. Casi siempre lo ha hecho con la pretensión de corregir graves desequilibrios sociales. Ante las transformaciones del mundo globalizado los ingresos y las perspectivas de futuro de la gente común se han estancado, si no es que reducido. La indignación cunde contra las elites y las instituciones de representación política. Esto, desde luego, tampoco es nuevo. Líderes mesiánicos y providenciales han aparecido en el seno de sociedades fracturadas desde hace mucho tiempo, pero lo han hecho con la pretensión de instaurar abiertamente dictaduras implacables. Los hombres fuertes de hoy (y mujeres, si pensamos -por ejemplo- en Marine Le Pen) se valen de los métodos de las democracias tradicionales y de los nuevos medios de comunicación para llegar al poder y sostenerse en él. Y si hasta el inicio de la actual centuria liberalismo y democracia se habían sostenido como un binomio indisoluble, ahora vemos como se disgregan. Una parte creciente de los electorados admite que el líder gobierne incluso si ello significa sacrificar derechos liberales. Lo que es tan peligroso de hombres fuertes es precisamente que no sólo desprecian los derechos individuales, sino que lo hacen con el consenso de los gobernados.

La mente popular es incapaz de escepticismo y esa incapacidad la entrega inerme a los engaños de los estafadores y al frenesí de los jefes inspirados por visiones de un destino supremo. Pero con el tiempo las intenciones iniciales se olvidan. La acumulación de poder se convierte en el único fin y las elecciones en el medio propicio para alcanzarlo. Los votos, las mayorías electorales, que en teoría deberían controlar los abusos de poder, sirven en la práctica de subterfugio para justificar los excesos del poder y la violación de las libertades. Los hombres fuertes despiertan grandes ilusiones. Tienen en común la idea de que las cosas pueden cambiar a base de pura voluntad, por ello desprecian a las instituciones y no tardan en socavarlas. Así sucede con los procesos electorales, las cámaras legislativas, el Poder Judicial, los partidos, etc. Como siempre, usan y abusan de la propaganda del miedo y de la mentira. “Miente, mil veces miente y tu mentira se convertirá en realidad”, el famoso apotegma goebbelsiano es la pauta básica de Steve Bannon, principal vicario de la posverdad. Pero depender tanto de la fuerza de “la voluntad” termina en constantes cambios de opinión por capricho, en políticas volátiles, en decisiones erráticas. Por otra parte, los regímenes personalistas han sido casi siempre los más corruptos, los menos transparentes y los más propensos al clientelismo. Llegan los hombres fuertes al poder con un amplio apoyo popular y por lo general comienzan sus mandatos con la aplicación de políticas que gozan de un enérgico respaldo, pero cuando se vuelven impopulares (como sucede con la mayoría de los gobernantes después de algún tiempo en el cargo) no están dispuestos a renunciar al aplauso y al poder absoluto. ¡El Pueblo soy yo, Carajo!, exclamó Chávez. Trump le hizo eco al comandante cuando aseguró en su toma de posesión que con él a la Casa Blanca entraba “el Pueblo”. Convencidos de su capacidad única para canalizar las opiniones de la gente común, los hombres fuertes abuzan del discurso nacionalista, de la manipulación informativa y de la estrategia maniquea de culpar de todo mal a la oposición, a los enemigos internos y externos, y a todo tipo de imaginarios traidores y villanos. Electos como los campeones del pueblo, primero pervierten a las democracias que dominan para hacerlas “iliberales” y de ahí ya no queda demasiado lejos la ruta a la autocracia directa, como lo demuestra en estos días el triste caso venezolano.

El reto de la socialdemocracia actual es hoy exactamente la misma de siempre: asegurar que una proporción más alta y pertinente del crecimiento económico beneficie a la mayor parte posible de la gente y no sólo como una cuestión de justicia distributiva, sino también como la mejor esperanza de evitar el deslizamiento de la democracia liberal a la democracia “iliberal” y de ésta a una autocracia absoluta que barra con las garantías ciudadanas y los derechos humanos. El drama reside, lamentablemente, en que la visión, enfoque y proyecto de los socialdemócratas parece carecer hoy con un esquema sólido con el cual afrontar los retos de la presente centuria. El keynesianismo estatista (inversión pública exorbitante, déficits presupuestales, ampliación del Estado bienestar, etc.) que enarbolan algunos socialdemócratas añorantes de viejo cuño y los populistas ha demostrado, en reiteradas ocasiones, su inviabilidad. No basta con señalar a los “excesos del neoliberalismo” como explicación de los problemas sociales y económicos del sistema capitalista. El viejo estatismo podrá, eventualmente, ganar algunas elecciones, pero terminará en el desastre, tal como lo atestigua la hecatombe venezolana o los fracasos de los gobiernos populistas en Argentina y Brasil. También resulta muy significativa la “vuelta en u” del partido Syriza en Grecia, que mientras estuvo en la oposición sostuvo un discurso ferozmente izquierdista y en el poder se ha limitado a acatar las directrices que le dicta la Unión Europea, el FMI y el Banco Mundial. Se ha hecho evidente que crecimiento sostenido del Estado del bienestar es insostenible debido a las tensiones y paradigmas propios de la globalización y a las ingentes limitaciones de recursos económicos para garantizar más y mejores políticas sociales. El incremento progresivo del peso del Estado en la economía de las naciones se ha convertido más en un pasivo que en un activo para el libre desarrollo de un modelo económico competitivo. Asimismo, el otro gran tema del momento, la corrupción, se hace presente como uno de los principales defectos del estatismo exacerbado. Al amparo del Estado omnipresente la corrupción política y los abusos de particulares en la captación de rentas públicas crecen a la sombra de una escasa transparencia y un ineficiente control.

Asimismo, concurre a la crisis socialdemócrata en esta época de grandes cambios tecnológicos el gran auge de las redes sociales y la progresiva simplificación de todo mensaje político, lo cual redunda a favor de la banalización de la política y de la consiguiente manipulación burda de amplísimos sectores de la opinión pública. Los populistas –de izquierda y de derecha– encuentran en este escenario una vía de penetración impensable hace tan solo unos pocos años.

El regreso al estatismo y recurrir a la simplificación del discurso no es el camino por el que pueda transitar la socialdemocracia del siglo XXI. Con este equipaje, el viaje es menos que imposible. Solo a través de análisis precisos y soluciones actualizadas y audaces que estén a la altura del compromiso exigido por los nuevos tiempos es posible imaginar una democracia con vocación social y progresista. En este sentido, algunos analistas ven una nueva opción ciudadana, alejada a los esquemas corporativos de la socialdemocracia tradicional, pero que manejan un discurso progresista en lo social y de irrestricta defensa de los valores de la democracia liberal y propone poner al tono del siglo XXI las formas y elementos de hacer política. Muchos analistas han nombrado esta nueva corriente “la rebeldía del centro” y tiene a algunos de sus principales representantes en políticos como Emmanuel Macron, Mateo Renzi, Albert Rivera, Martin Schulz y (en su momento) Barack Obama. Quizá en estas alternativas se encuentre la esperanza de ver resucitar en la política mundial una forma de “socialdemocracia renovada” capaz de sostener aquella altura intelectual de los partidos que no asumen un “credo de cruzada”, sino una actitud profundamente crítica del entorno real, y, como lo propuso ya en los años cincuenta el teórico Anthony Crosland “con una filosofía escéptica pero no cínica; independiente, pero no neutral; racional, pero no dogmáticamente racionalista”. Sólo el tiempo hablará de su viabilidad.

*Publicado en el numero del mes de marzo 2018 de la revista Campaings and Elections

miércoles, 20 de diciembre de 2017

Mitos y Realidades de la “Política Ciudadana”*



 En todo el mundo surgen opciones electorales que se auto denominan “ciudadanas” para tratar de distinguirse de la “política tradicional”, actualmente tan desprestigiada. Abundan por doquier candidatos ciudadanos que exponen como su principal virtud en la búsqueda de posiciones políticas la de, precisamente, no ser políticos, e incluso partidos y organizaciones de vieja raigambre adoptan el purificador apelativo de “ciudadano” para ponerse a la moda de los tiempos. Hacia las elecciones presidenciales de 2018 en México el PAN y el PRD bautizan un curioso intento de coalición “pos-ideológica” como “Frente Ciudadano”, al que se suma, gustoso, el Movimiento Ciudadano (no podría ser de otra forma) de ese viejo lobo de la política que es Dante Delgado. Personajes que militaron por décadas en partidos como El Bronco, Margarita Zavala y Armando Ríos Piter se limpian de todo pecado y pretenden, grotesca impostura, ser candidatos “independientes” junto con decenas de aspirantes más, todos ciudadanos impolutos, pero, eso sí, unos más orates que otros. La pregunta es: ¿De verdad es esta pretendida “ciudadanización de la política” la solución a los graves problemas de representatividad y eficacia que presenta hoy la democracia?
El derecho a votar y ser electo es un binomio elemental en cualquier genuina democracia, tal y como lo establecen todos los instrumentos jurídicos de defensa y promoción de derechos políticos y humanos internacionales. Los ciudadanos, de manera individual, están facultados para solicitar el registro como candidatos independientes a cualquier cargo de elección popular en la inmensa mayoría de los países del mundo. Pero debe frenarse la idealización. Las candidaturas independientes y no son ninguna panacea, sino una fórmula complementaria de la democracia representativa. Exagerar su importancia puede resultar contraproducente y dar lugar a una excesiva personalización de la política y los riesgos autoritarios que ello supone
La idealización de política ciudadana tiende a simplificar las relaciones de poder puede dar lugar a grandes desilusiones, en el mejor de los casos, y a autoritarismos, en el peor. La práctica de adular a los ciudadanos diciéndoles exclusivamente lo que quieren escuchar es tan vieja como la democracia misma y no debe sorprendernos que los pueblos, periódicamente, opten por los más descarados y cínicos demagogos en las urnas. En todo caso, lo que cambian son los medios de propalar los mensajes, los cuales viajan hoy a velocidad de la luz por el internet y las redes sociales. Sorpresa será cuando suceda lo contrario. El día en que la gente opte por un candidato más por su responsabilidad, formación y meticulosidad antes que su carisma o capacidad de emocionar a los electores llegaremos, quizá, también al final de la civilización tal y como la conocemos ahora. Mientras tanto, los recursos de populistas y demagogos seguirán siendo la mejor garantía de éxito electoral.
El discurso ciudadano corre el peligro de al que al confrontarse contra lo político se convierta en una estrategia facilona que haga sentir al electorado como una perpetua víctima de sus gobiernos: pobres hombres y mujeres que son objeto de constantes expolios de los malvados políticos y que carecen de toda responsabilidad alguna en lo que pasa a su alrededor. Se fomenta una hipócrita actitud enfocada a la destrucción de la política responsable y de los esfuerzos por tratar de abordar de manera racional las complicaciones de la vida real, con todas sus enrevesadas contradicciones. El carisma, las simplificaciones, el maniqueísmo y el victimismo sustituyen así la incómoda necesidad de profundizar.  La ciudadanía no quiere pensar, no quiere analizar, no quiere tener que estudiar nada. ¿Habrá alguien que se tome la molestia de leer los programas electorales? Todo debe ser todo masticadito, inmediato, facilito, listo para consumir. ¿Para qué partidos si lo mejor es un ciudadano impoluto y noble?
La antipolítica es un lloriqueo irresponsable que afirma que todos los políticos son iguales. Pero como no ha existido sociedad sin organización y autoridad, ese destierro de “los políticos” no es otra cosa que una invitación a otro tipo de liderazgo. En ese terreno abonado por la antipolítica no tarda en aparecer el caudillo: “Ha llegado la salvación, soy yo”. El líder autoritario es el mesías, el esperado, el cual no puede emerger de entre las estructuras de la política formal ni, mucho menos, llevar a cabo su misión redentora en los lentos y controlados cauces de la institucionalidad democrática. La exasperación con las discusiones políticas, la creencia de que los antagonismos se podrían erradicar si se antepusieran los “intereses nacionales” y que los conflictos sociales son accidentales y eliminables “si se hicieran bien las cosas”, evidencian una concepción de la política como simple gestión de “lo que hay que hacer”. Fruto de ese pragmatismo falsamente desideologizado que recorre este mundo lleno de ya Donalds Trumps, Bepes Grillos, Pablos Iglesias y Hugos Chávez.
Cierto es que los partidos están en profundos problemas, al grado que la viabilidad misma de la denominada “democracia representativa” está en entredicho. La democracia moderna tiene lo que a juicio de muchos es un irresoluble problema de representatividad, un dilema nada fácil de resolver. Por supuesto, no basta con la pretendida asepsia de la “ciudadanización”. Las controversias sobre el tema llegan a ser interminables y las respuestas esquivas. Si bien los organismos tradicionales de representación han perdido legitimidad y eficacia, nada ha surgido aun que pueda desafiar su preeminencia y nada puede vislumbrarse claramente en el horizonte, y más vale entender de una buena vez que el problema de la representatividad no se superará con simplemente aprobar algunas reformas electorales tales como la reelección legislativa, imponer restricciones al proporcionalismo electoral, dar rienda suelta a las candidaturas ciudadanas  y redactar una nueva ley de partidos. Pero mucho puede ayudar trabajar a fondo en la democratización interna de los partidos, lo que implica, en primer término, respetar escrupulosamente las reglas de organización internas, asegurar la participación de los adherentes en la vida del partido, descentralizar la toma de decisiones y propiciar métodos para la rendición de cuentas de la dirigencia sobre cómo se administran las prerrogativas de ley y los recursos públicos.
El vertiginoso desarrollo que experimentan las sociedades democráticas contemporáneas obliga a los partidos a procurar vivir en constante transformación. Por décadas se consideró que los partidos eran una especie de “ejércitos” para los cuales era imprescindible una estructura férrea y una incuestionable disciplina si es que querían salir victoriosos de la “guerra democrática”. Recuérdese, por ejemplo, la célebre ley de hierro de la oligarquía enunciada por Robert Michels: “quien dice organización, dice tendencia a la oligarquía” y la descripción de Max Weber de los partidos, a los que definió como “cuerpos que luchan por el poder marcados por la tendencia a dotarse de una estructura marcadamente dominante”. Para sobrevivir al siglo XXI, los partidos deberán transformarse para dejar de ser los andamiajes rígidos y burocratizados descritos por Michels, Ostrogorski y Weber, y convertirse en organismos dinámicos y flexibles.
Otro tema que ha vulnerado gravemente la credibilidad de los partidos es el del financiamiento. Es fundamental mejorar los mecanismos de fiscalización y ser muy cuidadosos en lo que concierne a las formas en las que los partidos obtienen recursos de campaña, así como vigilar de forma más estricta los topes de campaña. No faltan las voces que claman por finalizar el financiamiento público a los partidos, pero nada mejor que el derecho y en la transparencia como solución para evitar prácticas ambiguas o ilícitas. Las regulaciones sobre el control de los recursos públicos entregados a los partidos deben ser cada vez más estrictas. Ahora bien, el caso mexicano constituye una notable excepción, ya que el Estado otorga cuantiosos recursos a los partidos que han obtenido registro oficial, tras un proceso largo y complicado, y lo hace previo a la celebración de elecciones. El atípico caso mexicano de establecer condiciones muy difíciles de cumplir para que un partido pueda obtener el registro y, una vez alcanzada esta meta, soltar mucho dinero y canonjías ha corrompido notablemente al sistema de partidos. Como lo escribió el ex presidente del IFE, Luis Carlos Ugalde, “Mucho dinero ha tenido efectos perversos: ha burocratizado a los partidos, elevado sus nóminas, estimulado el clientelismo y los ha alejado de la sociedad. Asimismo, ha encarecido las campañas porque en lugar de que el dinero público inmunizara a los partidos de la adicción al dinero privado, ha atraído más dinero privado”. Dinero llamó más dinero. Los partidos se han convertido en administradores de “vacas gordas”, según expresión de Jorge Alcocer, después de décadas de haber sobrevivido con poco dinero, pero con mucha convicción, sacrifico y trabajo voluntario. Ahí empezaba el ciclo destructor de la mística de la lucha opositora. Para Alcocer “el dinero en exceso pudrió a los partidos”.
En México debe cambiarse la política de financiamiento a los partidos, pero ello pasa por una reforma electoral que elimine el proteccionismo del que disfrutan en la actualidad las organizaciones tradicionales. Se debe entender de una vez que en las democracias actuales existen criterios escalonados en lo concerniente al registro de los partidos políticos. Es decir, se exigen diferentes condiciones a los protagonistas electorales para participar en elecciones, recibir recursos públicos y acceder a la representación parlamentaria. Se necesitan condiciones más estrictas que las actuales para la obtención del financiamiento, el cual deberá cederse únicamente después de celebrada la elección y solo a las organizaciones que han demostrado poseer un mínimo de representación social real, tal y como sucede en la inmensa mayoría de las democracias actuales.
Como lo ha dicho Seymour Martin, nada erosiona más la vida democrática como el desprestigio y la parálisis de los partidos y su incapacidad para ofrecer respuestas eficaces a las demandas de la ciudadanía. No basta con reformar las instituciones y las reglas de la política sí se carece de una visión estratégica que permita recuperar la credibilidad en la política, hacerla eficaz y reconectarla con la gente. La labor demanda una genuina voluntad de la clase gobernante de transformarse a fondo para incrementar la participación popular en los procesos de toma de decisiones, ampliar los horizontes de ciudadanía, establecer mecanismos más efectivos para el combate de la corrupción. Si no se tiene en mente todo esto cuando hablamos de modificar un sistema político, los cambios podrían terminar por ser percibidos como superficiales o meramente cosméticos por la opinión pública.
También es posible que, dentro del maremágnum del nuevo orden social, cuyas estructuras están aún por definir, las formas de la democracia puedan renovarse y fortalecerse con aportaciones originales plausibles y modelos inspirados en prácticas comunitarias no necesariamente electorales. Movimientos, colectivos, organismos no gubernamentales y una enorme cantidad de grupos no vinculados con los mecanismos de organización política tradicionales ni interesadas en la participación electoral trabajan enfocados en abordar temas específicos. Renovar la democracia pasa por otorgar más poder de decisión a un mayor número de actores sociales, con un espíritu abierto que destierre la anacrónica idea de que sólo la acción gubernamental es suficiente para atender los temas sociales. Se requiere incorporar la energía e iniciativa de la sociedad en la formulación de un cambio razonado y participativo. Ello demanda descubrir nuevos términos de la relación humana; remoción de prejuicios, una vigorosa revaluación intelectual, anímica y organizacional y estar preparados para tomar más decisiones entre más alternativas y con más participación.

*Publicado en Campaing & Elections México