
De las muchas lecciones que deja a la humanidad la prodigiosa victoria de Obama, mi favorita es la desmitificación del victimismo, ese maldito vicio que tienen algunas naciones pueblos y personas de culpar al resto del mundo de sus males. El mensaje del presidente electo Obama a sus hermanos de raza es muy claro: déjense de victimismos y de pretextos: la esclavitud es pasado, las cicatrices de la segregación, aunque graves y dolorosas, deben ser superadas psicologicamente por nosotros. Yo soy la prueba fehaciente de que esto es posible. Más trabajo y menos pretextos, más confianza en uno mismo y menos autoflagelación. Esa es la gran lección de Obama a sus hermanos de raza.
Y es exactamente el mismo mensaje que rescataría para México, un país que a la pímera provocación se refugia en la concha del nacionalismo victimista más abyecto. En naciones agraviadas y de relativa creación reciente, casi todo discurso nacionalista parte del victimismo como fundamento que justifica el delirio de sus entramados argumentales identitarios -nada une más a la tribu que la amenaza externa-, pero el nacionalismo mexicano ha sido siempre particularmente experto en la construcción de teorías del agravio. Para una mentalidad anclada en el agravio como motor de sentimientos de identidad, cualqier intento de apertura hacia afuera, por tímido que sea, es sospechoso.
Hoy, los sectores reaccionarios de nuestra clase política (y me refiero, además de al PAN más clerical, al PRI dinosaúrico y al PRD del ala dura de López Obrador) enarbolan la bandera del victimismo más que nunca. Dominan un discurso unilateralista, impregnado de victimismo y autocomplacencia, que aprovecha nuestros miedos atávicos y nuestros prejuicios. El atavismo domina la sociedad y empobrece el clima social e intelectual. El miedo y las limitaciones de nuestro victimismo amenazan gravemente el desarrollo del país la consolidación de nuestro futuro.
También Calderón ha hecho gala de un oprobioso victoimosmo como reacción a la muerte de su Hefestión. El presidente utiliza, como lo hace su pincipal adversatrio un doscurso de "nosotros" los buenos cruzados contra el mal y ustedes, los perversos críticos", de "aaaay era tan bueno y se me murió", "aaaaay ustedes no dejaban de criticármelo". El nivel del debate político cae, entonces, hasta al suelo. Tenemos una parvada de gobernantes indignos que están muy lejos de poder cubrir las espectativas de la nación y que en vez de superar nuestro cobarde victimismo de siglos (como lo hace Obama), sólo lo fomentan aún más.
Y es exactamente el mismo mensaje que rescataría para México, un país que a la pímera provocación se refugia en la concha del nacionalismo victimista más abyecto. En naciones agraviadas y de relativa creación reciente, casi todo discurso nacionalista parte del victimismo como fundamento que justifica el delirio de sus entramados argumentales identitarios -nada une más a la tribu que la amenaza externa-, pero el nacionalismo mexicano ha sido siempre particularmente experto en la construcción de teorías del agravio. Para una mentalidad anclada en el agravio como motor de sentimientos de identidad, cualqier intento de apertura hacia afuera, por tímido que sea, es sospechoso.
Hoy, los sectores reaccionarios de nuestra clase política (y me refiero, además de al PAN más clerical, al PRI dinosaúrico y al PRD del ala dura de López Obrador) enarbolan la bandera del victimismo más que nunca. Dominan un discurso unilateralista, impregnado de victimismo y autocomplacencia, que aprovecha nuestros miedos atávicos y nuestros prejuicios. El atavismo domina la sociedad y empobrece el clima social e intelectual. El miedo y las limitaciones de nuestro victimismo amenazan gravemente el desarrollo del país la consolidación de nuestro futuro.
También Calderón ha hecho gala de un oprobioso victoimosmo como reacción a la muerte de su Hefestión. El presidente utiliza, como lo hace su pincipal adversatrio un doscurso de "nosotros" los buenos cruzados contra el mal y ustedes, los perversos críticos", de "aaaay era tan bueno y se me murió", "aaaaay ustedes no dejaban de criticármelo". El nivel del debate político cae, entonces, hasta al suelo. Tenemos una parvada de gobernantes indignos que están muy lejos de poder cubrir las espectativas de la nación y que en vez de superar nuestro cobarde victimismo de siglos (como lo hace Obama), sólo lo fomentan aún más.
Obama es un fresco y poderoso mensaje contra los atavimos y prejuicios victimistas. Entendamos lo mejor de este mensaje y actuemos en consecuencia, de una vez por todas.












